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Título japonés: Godzilla Minus One |
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Año: 2023 |
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Duración: 124 minutos |
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Música: Naoki Sato |
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Director: Takashi Yamazaki |
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Productores: Go Abe, Kazuaki Kishida, Keiichiro Moriya, Kenji Yamada |
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Guión: Takashi Yamazaki |
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Intérpretes: Ryunosuke Kamiki, Minami Hamabe, Yuki Yamada, Miou Tanaka, Yuya Endo, Kisuke Iida, Sage Nagatani, Hidetaka Yoshioka, Munetaka Aoki. |
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Monstruos: Godzilla |
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Argumento: Tras escapar de su aparentemente obligado destino, un piloto Kamikaze japonés aterriza en un destacamento técnico de la isla de Odo con el pretexto de una avería en su avión. Allí, presencia la repentina aparición de un monstruo gigante que acaba con la vida de casi todos los miembros del equipo destacado allí. Tras ser rescatado, el piloto regresa a su hogar donde sólo encuentra ruinas y una agitada conciencia. |
A lo largo de sus 72 años de vida, Godzilla ha pasado por momentos de toda índole, experimentando puntos de gloria y auténticas decepciones que hicieron peligrar su misma existencia como icono cinematográfico. Pero posiblemente el mayor momento histórico que ha vivido la saga sucedió el 10 de marzo de 2024: en la ceremonia de los premios Óscar, el orgullosísimo equipo formado por el director Takashi Yamazaki y los tres responsables de efectos visuales, se levantaron de sus butacas al son de la marcha de Godzilla de Akira Ifukube para recoger el galardón a los mejores efectos especiales visuales de ese año. Se ha hablado mucho de la repercusión de este premio, pero para los seguidores de esta serie, calibrar el significado resulta casi inconcebible. Si hace décadas, cuando la percepción popular del Kaiju Eiga era de risibles películas con hombres disfrazados destruyendo evidentes maquetas, se nos hubiera explicado que un día una película de Godzilla iba a ganar un Óscar a efectos visuales, posiblemente habríamos explotado en carcajadas. Godzilla Minus One ha supuesto un revulsivo a la conceptualización del público de lo que representa el rey de los monstruos, ha dado nueva vida a la creación de Ishiro Honda, Tomoyuki Tanaka y Eiji Tsuburaya, y lo que es más: ha conferido un prestigio al mismo nombre de la criatura que personalmente pienso que nunca había tenido. Es casi lo opuesto a lo que sucedió en 1998 con el aborrecible engendro perpetrado por Roland Emmerich: todo lo que aquella le quitó, GMO se lo ha devuelto y con intereses.
Aparentemente, debido a ciertas limitaciones impartidas por su contrato con Legendary Pictures, Toho no podía estrenar ninguna película de Godzilla en un mismo año en el que la productora americana llevara a los cines uno de sus filmes dedicados al monstruo. Eso conllevó una serie de ideas rechazadas y retrasos en la viabilidad de una nueva película japonesa de la serie, que había encontrado una nueva vida tras el popular estreno nipón de Shin Godzilla en 2016. En una extrañamente acertada decisión, cosa siempre sorprendente cuando se habla de Toho, en 2019 se creó una división interna en los estudios únicamente centrada en la aportación de ideas para una nueva película de Godzilla. Poco después se anunció la decisión de dar las riendas de la próxima producción a Takashi Yamazaki, un renombrado director japonés que ya había demostrado sus dotes en películas de gran éxito en su país tales como Returner o la serie Always: Sunset on the Third Street.
Por supuesto, la llegada al poco tiempo del colosal monstruo del mundo real que se denominó COVID-19 se convirtió en la principal fuente de retrasos que escolló la producción y, curiosamente, también terminó por inspirar la propia ambientación y atmósfera que impregnó a GMO. Si bien era casi inevitable debido a su ambientación de post-guerra, el aire de fatalismo y calamidad que rodea todo el film acaba por convertirse casi en un personaje más, en una recreación conseguida a la perfección de un pueblo vencido que lucha por salir adelante después de una catástrofe. Yamazaki ya había ambientado algunas de sus películas anteriores en este mismo período histórico, lo que posiblemente le ayudó a perfeccionar la esencia de lo mostrado en pantalla.

Debo reconocer que me ha costado decidirme a visionar Godzilla Minus One, y una de las razones de peso ha sido el temor a encontrarme con una decepción, pues la crítica mundial ha alabado el film con muchísima efervescencia, y la multitud de premios que ha cosechado, incluyendo el mencionado Óscar, no ha hecho sino aumentar el aire de magnificencia que podía derrumbarse si me encontraba con un producto final que no estuviera a la altura de lo esperado. Afortunadamente, mis temores eran decididamente infundados: GMO se posiciona como la mejor película de los 72 años de vida del rey de los monstruos. Se trata de un relato oscuro y trágico que, a través de la figura del monstruo, nos habla de la guerra inacabada, de los sentimientos reprimidos, de la inutilidad de la muerte innecesaria y del honor mal entendido. Es una obra épica que conjuga elementos de forma magistral y nos los plantea con una estructura llevada con pulso firme, sin apenas bajadas de ritmo, y con una factura técnica espectacular.
No es habitual que destaque las interpretaciones de los actores en las películas del Gran G, pero en este caso es imposible no hacerlo. Ryunosuke Kamiki en su papel de Shikishima es el ancla emocional de todo el film, el protagonista absoluto, y nos lleva de la mano en un viaje emocional de un personaje que vive los más trágicos azares y que siempre debe mostrar su guerra interior, su lucha intestina. ¿Debió elegir vivir o morir? Por momentos sutil y por momentos descarnado, Kamiki saca a flote un arsenal sentimental que casi lleva a hombros todo el peso de la película, y lo que podría haberse convertido en el golpe mortal del film, termina por transformarse en su mayor fuerza. Shikishima es el personaje más complejo y completo de toda la saga de Godzilla, y quizá el mejor escrito y bien interpretado. No se queda muy atrás Minami Hamabe intepretando a Noriko, en un papel decididamente de menor complejidad pero que acaba por ser el faro de humanidad al que Shikishima se aferra casi sin darse cuenta. Hamabe es magnética, femenina, y totalmente creíble en su papel de madre forzada que ansía encontrar algo de feminidad e independencia entre tanta fatalidad. Es interesante que una película con un protagonista militar se desarrolle tan lejos de las acostumbradas y frías secuencias de desfiles y reuniones de soldados. Aquí el momento histórico en el que las tropas militares están dispersas y su armamento se está desmantelando, casi obliga a que todo el punto de vista se acerque al pueblo llano, a la gente de a pie. De hecho, el mismo Godzilla es aquí poco más que un símbolo de la destrucción, una fatalidad que se mueve, y su origen queda casi en manos de la imaginación del espectador, con la única excepción de la brevísima escena en la que la radiación afecta a su cuerpo tras la prueba de la bomba atómica. Quizá habría sido interesante que su origen nuclear tuviera un papel de mayor relevancia en el film, pero comprendo que no son los derroteros que se querían explorar y habría sido difícil no divagar en secuencias superfluas o de jerga tecnológica que quizá habrían restado alma a la narración.

La riqueza temática que encontramos aquí es casi apabullante, hay un viaje emocional de contrastes de pasiones, de sentimientos reprimidos, de humanidad en los momentos de mayor inhumanidad. Pero lo que más destaca por encima de todo es la muerte y las razones para morir o vivir. De forma sutil pero cronométrica, Godzilla Minus One nos plantea ideas fascinantes sobre las que merece la pena reflexionar, en especial el dramático contraste entre lo que podría haber sido la muerte de Shikishima llevando a cabo su deber como Kamikaze (morir para que otros mueran) con la muerte de Noriko (morir para que otros vivan). Shikishima interioriza lo que ha hecho la joven, y en cierta manera planea replicarlo estrellando su avión contra Godzilla (de nuevo la muerte para que otros vivan), lo que le lleva a una catarsis en la que consigue terminar con su guerra interior dando muerte a Godzilla, pero haciendo honor a lo que sus padres, Noriko o Tachibana deseaban: “¡Vive!”. La última escena del film se corona como la redención final para Shikishima, un renacer en el que entierra sus armas y recupera de forma literal su vida y lo que habría perdido con una muerte inútil. Es una bellísima crítica a la misma idea del Kamikaze, posicionándose en contra del desperdicio inútil de vidas. Elige vivir.
La representación del Japón de post-guerra es posiblemente la estrella técnica de GMO, que nos muestra una terroríficamente creíble plasmación de algunas de las localizaciones que hemos visto en anteriores entregas de esta serie. El film dosifica maravillosamente la escala de la ambientación, centrando su primera mitad en lugares más intimistas y abriéndose más adelante a las grandiosas y épicas vistas del Tokio más metropolitano. Todo ello vestido con una hermosísima fotografía e iluminación que nos deja vistas para el recuerdo, planos inolvidables y momentos de una fuerza visual inusitada. Gran parte de la obra se sucede en lo que los fotógrafos llaman “la hora mágica”: ese momento etéreo, casi de ensueño, entre el atardecer y el anochecer en el que el color rojizo o dorado baña de forma casi romántica los horizontes. Y qué decir de los efectos visuales: no hay nada comparable en toda la historia del Kaiju Eiga, todas y cada una de las secuencias son espeluznantemente foto-realistas, desde los momentos de destrucción hasta las batallas marítimas, no hay un punto discutible. Godzilla es, en todas sus apariciones, creíble. Se mueve con peso, da la sensación de volumen y nunca se percibe ese aire de “flotación” que sí se notaba en demasiados momentos de Shin Ultraman, por ejemplo. ¿Se echa en falta la técnica tradicional del hombre disfrazado? En parte sí, siempre la he considerado como parte de la identidad de este tipo de cine hecho en Japón, pero debemos aceptar que los tiempos han cambiado, y conseguir algunos de los planos que nos regala Godzilla Minus One usando la primitiva suitmation habría sido del todo imposible. Otro factor que pasa desapercibido por su realismo pero que hay que destacar es el agua, un elemento que siempre resulta un desafío a la hora de ser plasmado de forma creíble con efectos visuales, y en este caso está realizado de forma impecable. Mención especial a la secuencia de la persecución marítima entre el monstruo y el barco recuperador de minas, personalmente pienso que es el mejor momento del film y no me sorprende que se usara tanto en la promoción de la la película, pues es una secuencia absolutamente magistral. El premio Óscar fue sin duda muy merecido.

Por supuesto nada es perfecto en esta vida, y hay pequeñas aristas que pienso que podrían haberse pulido. Personalmente, el peor momento de toda la película es el casual encuentro entre Shikishima y Noriko en pleno Tokio durante el ataque de Godzilla. ¿Cómo narices ha sabido Shikishima dónde encontrarla? Sin la existencia de teléfonos móviles ni nada similar, y tras un ataque azaroso del monstruo al tren donde ella viaja de regreso de su trabajo, sería por completo imposible que él supiera dónde encontrarla. Su única pista es el noticiero que escucha en la radio mientras juega con su “hija” Akiko, pero de ahí a encontrarla en medio de una ciudad que además se encuentra en un caos total bajo el ataque de una criatura gigante… me ha parecido tan exagerado y poco creíble que casi ha conseguido sacarme totalmente de la película. Tampoco he acabado de creerme que Shikishima encuentre al mecánico Tachibana remitiendo cartas por correo postal en cuestión de pocos días en pleno Japón de post-guerra, al igual que también veo algo forzado el cambio de opinión del mecánico respecto a sus sentimientos de odio hacia Shikishima. Esta vicisitud queda justificada por la percepción de Tachibana de un cambio claro en la postura del piloto Kamikaze: donde antes veía a un hombre cuya inacción desembocó en una masacre (desde su punto de vista) ahora ve a una persona totalmente determinada a dar su vida por los demás. Aunque la motivación está clara, me dio la sensación de que el cambio sucedió demasiado deprisa, me hubiera gustado que Tachibana por lo menos hubiera conocido a la pequeña Akiko para reforzar su vigoroso mensaje en la cabina del avión: “¡Vive!”. Asimismo me veo obligado a mencionar la banda sonora musical, que de nuevo vuelve a ser ruido intercambiable de fondo, un simple efecto de sonido más que pasa total y tristemente desapercibido excepto por supuesto cuando suenan los temas de Akira Ifukube. Sigue sin convencerme que se utilicen los temas clásicos del maestro más allá de los títulos de crédito, creo que no encajan con el resto de la “música” de la película y siempre me parecen un contraste estridente con el que no comulgo.
En estos momentos el futuro de la saga es esperanzador, pues Toho ya ha anunciado la secuela de GMO con el mismo equipo técnico y artístico, bajo el título de Godzilla Minus Zero. Godzilla también ha elegido vivir. Esperemos que Takashi Yamazaki sea capaz de entregar un producto tan redondo como el que nos ocupa, en el que las pequeñas imperfecciones no manchan en absoluto lo que ya se ha convertido por méritos propios en una película histórica. Un film para el recuerdo que no sólo nos ha devuelto Godzilla a sus orígenes, sino que ha demostrado que se puede hacer buen cine de monstruos en la actualidad.
Por Rubén Ortiz (gamera77@hotmail.com) 10 de enero de 2026